La Algarroba: El Sabor De La Infancia Que Florece En La Memoria
El periodista observó el celular y sus ojos se detuvieron en la fotografía. No era una imagen de gran resolución ni de colores vibrantes, pero lo que mostraba le hizo retroceder en el tiempo, a una época donde los días eran largos y las preocupaciones no existían. Eran algarrobas. El fotógrafo había capturado la esencia misma de ese fruto: la vaina seca, de un marrón casi oxidado, con una hendidura que dejaba entrever la pulpa amarillenta y harinosa, y esa forma tosca que la naturaleza le regaló. Un golpe de nostalgia le pegó directo al alma.
De pronto, no estaba en el presente, sino en la Tacarigua de su niñez. Las algarrobas de la foto se convirtieron en un portal a la década de los sesenta. No eran días de ocio, sino de exploración. Los cerros de Tibio y El manantial, le llamaban a gritos y a sus amiguitos, un grupo de compañeritos intrépidos con los bolsillos vacíos y la ambición de llenarlos con los tesoros de la tierra. La temporada de la algarroba era un evento; una suerte de olimpiada local donde el premio era el dulce sabor de un fruto que crecía sin pedir permiso a nadie.
El sol les tostaba la piel mientras subían a los mencionados cerros. El olor a tierra seca, a hierba de espanto, se mezclaba con el aroma distintiva y penetrante del algarrobo, un perfume que no se olvida y que la memoria olfativa conserva intacto. Competían por quién encontraba el árbol más cargado o la vaina más grande. A veces, tocaba trepar y, con maña, bajar una rama cargada de frutos. Otras, la mejor cosecha estaba en el suelo, esperando ser recogida, pero había que saber dónde buscar.
Recordó el sonido de la cáscara al golpearla contra una piedra para revelar la pulpa. Esa pulpa, de textura arenosa y sabor dulzón, se adhería al paladar y les dejaba la boca llena de ese gusto único. Era una golosina natural, un manjar de reyes. Las pepas o semillas, lisas y ovaladas, también eran parte del juego: las contaban, las intercambiaban y, a veces, las usaban como munición de las «chinas o gomeras» o como fichas en juegos improvisados.
Pero, más allá de la memoria y la anécdota, el algarrobo es un árbol de una grandeza y generosidad inmensas. Su nombre científico, Hymenaea courbaril, esconde a un gigante de la flora venezolana y, en particular, de la isla de Margarita. Es un árbol majestuoso, de tronco grueso y robusto, con una corteza que se desprende en grandes placas, y una copa densa y ancha que ofrece una sombra generosa. Su madera, de un color rojizo intenso, es dura y resistente, y ha sido utilizada durante siglos para la elaboración de muebles y en la construcción. Su longevidad es admirable, pudiendo vivir por cientos de años.
Sin embargo, es su fruto, la algarroba, lo que lo hace verdaderamente especial. La vaina, que puede medir hasta 15 centímetros, alberga en su interior una pulpa que es un tesoro nutricional. Es rica en fibra, lo que la hace un excelente digestivo, y es una fuente natural de carbohidratos, vitaminas del grupo B, vitamina C, y minerales como el calcio, hierro y fósforo. No es solo un dulce, sino un alimento completo y nutritivo. En la tradición popular, se utiliza para hacer una harina que sirve de base para refrescos y bebidas, y se le atribuyen propiedades beneficiosas para la salud, como la de ser un tónico o un fortificante natural.
También se extrae de él una resina dorada, el copal, que tiene diversos usos en la industria y en la medicina tradicional. Es, en definitiva, un árbol que da frutos de incalculable valor, tanto para el paladar como para el bienestar.
El periodista volvió a la fotografía y el olor del recuerdo siguió ahí, en el aire. «La algarroba no es solo un fruto, es un anclaje a mi pasado, un sabor que me conecta con la tierra que me vio nacer y con mis amigos de mi infancia con los que la recorrí. Es un testimonio de que la riqueza de mi tierra, la Tacarigua de Margarita, está en cada rincón, en cada cerro, esperando a ser descubierta y valorada. Es la prueba de que hay sabores que, una vez probados, nos acompañan para siempre y nos recuerdan quiénes fuimos y de dónde venimos», terminó diciendo el reportero.
FUENTES: Internet e Inteligencia Artificial.
FOTOS: Luis “Licho” Ordaz
Emigdio Malaver G.
emalaverg@gmail.com - @Malavermillo
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